miércoles, 7 de mayo de 2014

La hostilidad verbal de la calle

Me llaman del centro de salud para adelantarme una prueba en la cabeza. Se trata de meterme un hierro por un oído y sacarlo por el otro. Digo yo, no sé. Mejor miro el papel: "Audiometría", así se llama lo de meter el hierro. Y lo manda una señora que se llama: Otorrinolaringología. ¡Por Dios y la María, no es posible ese nombre!. Es el servicio, que no cunda el pánico. Ya me parecía que con ese nombre una señora...

Oiga, es fascinante lo que tenemos en la cabeza, y un misterio el cerebro humano en cuya estructura existen mecanismos atávicos de respuestas al peligro. Cuando me sientan o me acuestan no quiero saber ni que me expliquen, pero fijo que me hacen mil perrerías en la cabeza; si me diera por preguntar, sería una causa más para que mis dolores de cabeza se agudizaran. Y con ellos mis otros padecimientos. Solo es llegar a viejo y saber de lo que hablo, pero hay que llegar. Y no exagero. A más viejo más experimentos. Es la primera vez que me van a meter un hierro por el oído. Ya ni me molesto. Si tuviera sesenta años menos (un decir) estaría muerto de miedo. Los viejos lidiamos con las peores dificultades y ni nos inmutamos.

Primero la Dama que no me deja ir, luego la Dama que vela mis sueños, y ahora la Dama que quiere que oiga las sandeces del mundo. Pues no. Esta no me interesa, prefiero abrazar la incertidumbre que oír lo que se dice por ahí. Prefiero asumir la sordera que sucumbir a la hostilidad verbal de la calle.

2 comentarios:

  1. Si tuvieras sesenta años menos aun no habrías nacido.
    Yo lo único que dejo que me metan en la cabeza son ideas que luego desecho.

    ¿Un hierro dices? Pa' su madre lo que ha de doler, en fin ojalá no te quedes mudo porque sordo ya lo estas advirtiendo,
    Como diría La Bella, vaya vaya vaya.

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