Somos aguas de un mar turbio que ni estrellándonos contra las aguas (acepto farola) nos vemos blancas. Como le ocurre a una mente absurda, y la urgencia extrema de visitar al psiquiatra porque las cosas no están claras y no hay psiquiatras, hay teléfonos comunicando. Nos tenemos que morir. A un güelu no le apetece morir y actúa como un amante, ausculta como un galeno, mira de soslayo a los ojos que amó, regresa a su mundo y no entiende nada. Diseñamos una vida imposible de vivir. Como el devenir a lo largo de mi vida según la recuerdo. "Mi historia es un recuerdo en un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero, la juventud veinte años en tierras de Castilla; mi historia, algunos casos que recordar no quiero". (Antonio Machado). Algunos casos que recordar no quiero igualmente acuden a mi memoria y los percibo de manera que superan las apariencias. A partir de esa irrealidad escribo el día añadiéndole sospechosas verdades. De escribir el día viene mi gran riqueza, también el poder que me acerca a tanta miseria y tanto miserable. (Mañana hablaremos de amor). Gracias.
de soslayo
(Quizá ya ocurrió)
miércoles, 11 de marzo de 2026
martes, 10 de marzo de 2026
Cuanto más estúpidos, mejor.
Si me dieran a elegir la amenaza de muerte con más sinrazón de mi colindancia, sin lugar a dudas elegiría la de ir jugando con el teléfono móvil por la calle mientras van a cualquier sitio. Ah, sí, y más digo, no van a ningún sitio, porque en todo caso llegarían tarde. Admito que vengo de una generación que no teníamos ni semáforos. Verde, rojo, ámbar: ¡Para cruzar de acera hay que esperar a que el semáforo se ponga en verde, "so burro"!. Y llega el refranero al caso: "Una prueba de amor es dejar morir a los muertos"; el dicho aclara que el amor conlleva dejar a los demás vivir libremente. Entonces, que mueran los vivos parlantes atropellados por el camión de la gaseosa si eso les lleva a la libertad. Pregunto: ¿Qué sentido tiene jugar y hablar con el teléfono móvil por la calle si está sembrada de farolas? Cuánto más estúpidos, mejor. Son robots con forma humana, no personas. (Si ya somos esclavos de tantos asuntos inaplazables, el teléfono móvil nos esclaviza más). Gracias.
lunes, 9 de marzo de 2026
Ayer me volví a ir.
Ayer ocurrió una cosa muy rara: me olvidé del mundo y el mundo se olvidó de mí. Ayer me volví a ir. En realidad, no es nada raro, es habitual para mí irme sin haberme ido y regresar o despertar; es decir, no me moví del sofá, como me consta que le ocurre a mucha gente, la mayoría desconocida para la neurología, a la que, cuando me atrevo a salir de casa les pregunto y me dicen que no saben. Estamos bien jodidos. Los psiquiatras no sanan, te recetan pastillitas de colores. Y los neurólogos, tres cuartos de lo mismo. A mí la psiquiatra, ni fu ni fa. En cambio, la neuróloga, la tengo en los altares. Los profesionales de la salud están en periodo de extinción. Y eso es la muerte. No hablo por mí, yo tengo un plan. Un plan, y qué gracia, a cara perro se lo dije a la psiquiatra y quiso dar en loco (es joven y acabaría con su futuro). Ella no lo sabe, pero yo siempre tengo un plan. Cómo no tenerlo si vivo la edad de la autoestima, la sabiduría y los consejos. A esta edad, lo único que no sabemos es el día y la hora. En fin, la Facultad de Medicina impaciente espera -"no ni na"-, no seré una carga para la familia. Gracias.
domingo, 8 de marzo de 2026
Día Internacional de la Mujer.
sábado, 7 de marzo de 2026
Leer y escribir (y dos).
No recuerdo lo de ayer, pero vale la pena escribir y leer. Escribir, escribir reviviendo el pasado por la vía del inconsciente. Tal vez vivencias que no tienen que ver con la realidad, o una duda pendiente de despejar, que tampoco. De ahí que la destreza de escribir posibilita dentro de un estado alucinado algún pasaje de la vida cargado de angustia, de pena, o del más húmedo beso. Buena parte de lo que uno escribe son invenciones o verdades a medias; la verdad siempre se reserva para el postre. Confieso que de cuando en vez me pierdo y no me encuentro. Soy mejor lector que escritor, con el perdón de los escritores. Por eso cuando leo a un escritor de talento busco dónde se encuentra la verdad, la mentira, la distracción. Dónde están sus experiencias y si las utiliza para mejorar el texto. Me mata leer a escritores de talento. Me carcome la envidia. Escribir y leer crea una adicción que se vuelve vengativa. Te pones y eres incapaz de dejarlo. Escribir es vivir en un mundo paralelo. Y leer crea cierta incertidumbre, o una profunda melancolía, o ganas de asesinar al autor: en cualquier caso, aprendo. Me mata no saber. Leer es una aventura maravillosa en la que empiezas como simple espectador y acabas de protagonista. La desazón del suspense y el final inesperado. (Quién iba a imaginar que el juez era el asesino... Y acabo de comprar el libro). Gracias.