martes, 14 de junio de 2016

Por la María que no miento.

De visita médica, la salud bien, muchas gracias.

Ya en el hospital y esperando mi turno, como ayer en el correfur (sí, ayer volví al correfur. Soy un trozo de pan. Me dejé convencer y compré una tableta. Un negocio que no podía desaprovechar), de soslayo, miraba a unos y otras y llegué a dudar si en realidad visitaba al médico o al enfermo ¿? Dudo de mí, lo que ven mis ojos, y también dudo de ti (¿me sigues leyendo? y de los médicos y los enfermos y... esos ni nombrarlos. Va en serio, Ir de visita médica es una obra de misericordia.

-¿Cómo se encuentra?
-¿Perdón?
-¿Cómo se encuentra?
-¡Hable alto!.
-¿¡Que cómo se encuentra!?
-Vale. Le cuento: no sé quién es usted, pero tampoco yo. Por favor, no me obligue a mentir o no vuelvo.
-Le veo bien.
-Que Dios le conserve esa vista. A propósito, cuando acabe con la lista de espera, y si es para hoy, que mañana quedé con Kristel en Valencia, ay, eche un vistazo al recetario de mi medicación y devuélvame todas mis derrotas y quédese con lo demás, en particular esas pastillitas de colores que no me dejan soñar. Me debo a mis seres queridos y no soy ni de lejos el que fui cuando me conocieron. 

Si una dama en su poesía dijera para mí, sería capaz de ignorar mis miserias y volver a la verdad. Nada como la sala de espera de un hospital para darte cuenta que el enfermo es el médico y no el paciente y, que todos y todas, estamos en este mundo de prestado. Por la María que no miento.

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