Historiar cosas, hablo de que escribir según aquello que lo inspira tiene encanto, lo cual seduce e invita a la conquista de lo desconocido. Y poco a poco uno se va metiendo en el conjuro que contagia las primeras líneas del texto. Es la carnaza que muerdes y te arrastra por los vericuetos de la imaginación. Pierdes la cabeza y la noción del tiempo y caes en un estado de inconsciencia activa que te introduce en un maremágnum de contradicciones condicionándote de forma que las emociones básicas te desbaratan hasta un nivel superior dentro de un ánimo prodigioso. Bajo esa especie de hipnosis uno se olvida de las ingratitudes de lo cotidiano, las miserias y las desgracias propias y ajenas. Eso es escribir más o menos para mí (el más es amor y el menos la locura). Luego llega leer. De leer está lo de uno y lo de otros. Leer lo que uno escribe en un estado de enajenación es la hostia, aunque a veces lo tire a la papelera. En todo caso te sirve para llegar a un final que no sabes si es un cuento o un nuevo amanecer. Vives angustiado porque sientes y disfrutas, pero de una manera diferente a la realidad: es otra dimensión. Se da la circunstancia que a veces en lo que has escrito descubres que tiene que ver con un déjà vu, alguna experiencia propia o ajena, tal vez una sorpresa que te lleva a un recuerdo casi olvidado, o al conocimiento de un hecho que pudiera ser una novedad en tu vida. Y de leer a otros aprendo, si no es un fastidio y lo devuelvo. Regreso mañana. Gracias.
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