miércoles, 16 de agosto de 2017

Dilema.

Un día, llamaron a mi puerta (¡santísima!) y me dijeron que yo me podía dedicar a la política porque tenía madera de líder. Y les dije no. Y persistieron. Y yo que no. Hasta que una, la dueña del partido, se soltó la melena y me dijo que la verdadera razón por la que me ofrecían un cargo de máxima responsabilidad era por ser guapo y fotogénico como Felipe cuando era Isidoro. Vaya, vaya, los patitos, que diría Ian. Persistieron, pero poco, un líder, si lo es, y yo lo soy, se hace de rogar: Si hubieran persistido con la excusa de que tenía madera de líder, y no de guapo y fotogénico, me habría dejado convencer y el pueblo habría ganado porque soy líder de la política sin ser pesimista ni optimista. Y ya me explico para entender la tontería actualizando hechos consumados: Yo nunca esperaría a que los problemas se solucionaran solos como Rajoy, ni nombraría ministros sin ser presidente de gobierno como Iglesias.

Y porque la vida es un tren de largo recorrido, precisamente ayer, y no miento, volvieron a llamar a mi puerta para lo mismo, pero la dueña de antes ahora es dueño y me ofreció, además del mismo cargo de máxima responsabilidad un sueldo inconfesable. Digo inconfesable porque me da vergüenza hacerlo público, no porque complementen el sueldo oficial con dinero negro. Las instituciones públicas no manejan dinero negro. ¡Calla por Dios!. Hoy me gusta más que ayer la idea de dedicarme a la política. La vida está muy cara y cuesta llegar a fin de mes... Ay, no sé qué decidir. (Si se lo cuento a mi esposa seguro que me anima para que acepte. A ella le encantaría ir en coche oficial a las rebajas). Gracias.

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