Siempre hay un sentimiento de tranquila y agradecida soledad cuando a una hija le toca pensar en su futuro incierto. Quizá crean ustedes que mi mente absurda dio en loco por pensar de alguna forma que me siento felizmente emocionado porque a una hija le vayan mal las cosas y no es cierto. A quién se le ocurre pensar tal canallada... Ya me explico: una de mis hijas tiene problemas con el patrón (jódete patrón) y a ella sí que le vendría bien un cuarto y mitad de tranquilidad, de estabilidad en el trabajo, y de un salario justo, pero está convencida de que no lo conseguirá porque el patrón (jódete patrón), culpa de su incompetencia a otro y en esas estamos. Ay, cariño, las cosas nunca ocurren por casualidad. En estos tiempos, muchos no entienden aquello que pensaron los griegos, rescató Lope de Vega y cantó el Sabina sobre cuidarse del peligro de llegar a ser tan, tan pobre, que solo tenga dinero. Le ha ocurrido a más de uno que, después de fiscalizar sus cuentas, llega a la conclusión de que no es rico. El camino no era ese, tampoco el de la credibilidad. Craso error, patrón (jódete patrón). Mi hija corre a mí con las manos vacías y yo las lleno de esperanza con la dicha de que ella, consciente, lo entienda, pues, insisto, las cosas nunca ocurren por casualidad. (Ya habrá tiempo para regresar al mundo de los muertos y sus querellas). Gracias.
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