Qué triste un domingo de ir a misa y no tener nada que contar, siquiera lamentar, lo que viene a confirmar que no hay como leer un libro antes de la siesta. Aun así, donde manda patrón no manda marinero y sí cariño. Tal que, como me temía, el día se iba a convertir en un escenario demasiado tentador para que mi esposa no aprovechara comulgar con unas y otros para proyectar sus legítimas aspiraciones a partir de escatológicos discursos, sabedores de que por su capacidad para convocar el caos y llamar al maligno, la impunidad estaba garantizada. Lamento aclarar que hablo de política. En nuestra democracia siempre ha sido más importante ganar las elecciones que pensar en las futuras generaciones. Pero qué iba a hacer allí en medio como un infiltrado exhibiendo un comportamiento relativamente ejemplar para que a mi esposa no se ofendiera o sin poder evitarlo a mí se me pusiera la cara los entierros y entonces... Dios mío. El amor a veces es cruel. No es una farsa que alguna podría emplear en su provecho. Joder, dona, se me olvidó decir que quien llamó al festejo fue quien ganó las últimas elecciones. Un don que ganó las elecciones por delegación de apoderado. ("Habiendo don, tiene que haber din"). Gracias.
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