miércoles, 12 de julio de 2017

Desahogo.

Antes de empezar a escribir lo que quiero escribir que ya se verá, confieso que he llegado al punto de decepción que desconfío de todo el mundo. Incluidos los más allegados. Eugenio, y siempre lo digo, puso el listón muy alto. No los entiendo y a mí no me comprenden, el asunto es ese y no otro, otro será, de seguir en este plan, que dé en loco.

En el mismo lugar donde nacen todas las miserias, precisamente donde el amor dejó de existir hace tiempo, nace el fingimiento en grado superior con un solo fin: separar mi cuerpo de mi mente y que me muera sin pena ni consuelo. Y lo han diseñado a conciencia porque las malas noticias no cesan. Si al menos hubiera sido sincera... Si hubiera sido uno sin una... Si hubiera sido uno sin una ya estaría en las antípodas de mis amores. Pero no, una me canta que sin uno no es nada, como el bolero. De momento, un viaje sorpresivo compensa a una de aquel quedar en casa mientras uno se fue con sus amiguitos del alma a pescar (seis meses echando cuentas e ilusión a una semana de vacaciones y con la maleta hecha otra desengaño mayor). Tal vez cuando comience la temporada de pesca se vuelva a quedar en casa. ¿Quién dijo no? Y ya me bajo que me sube la tensión y hoy está de guardia la de la bata blanca y temo lo peor. Otra que mandaría a las antípodas de mis amores. (Lo que iba a escribir que ya se verá no se vio ni se verá. A veces suceden cosas que me atarantan y luego pasa lo que pasa. Con el perdón). Gracias.

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