Escribir el día que me gusta vivir es un hermoso quehacer mal pagado que me impongo. A veces un estigma. En otro tiempo fui escritor preferente con otro nombre en un diario regional de tirada nacional. "Quizá ya ocurrió". En aquel diario llegaron a quererme y me ofrecieron participar en el rincón exclusivo de la "Creación literaria". En ocasiones, llegué a ser un escritor de talento reconocido que no se prevé ni se puede evitar entre las brisas del mar y sus brumas (nada ocurre por casualidad) en las efímeras alas de las mariposas que siempre vuelan libres en primavera. Fui poeta para explicar a las claras lo que no me atrevía a explicar en la penumbra. Fui escritor, fui poeta, hasta que demostré en plan sicótico que no tenía respeto hacia los lectores. Me quisieron libre para escribir y les defraudé. A pesar de todo, me alimento de la palabra: con la palabra amo, con la palabra opino, con la palabra entrelíneas sangro el día; sin la palabra pienso que no puedo vivir sin ella. La palabra jamás me falló, tan siquiera cuando la pusieron en duda. Como el primer amor de juventud, amor para siempre. Escribir el día que me gusta vivir en cualquier trecho, en cualquier lugar, en cualquier medio. Escribir me regresó a la vida. (Entonces, pido que no me condenen ni me feliciten por ser simplemente quien quiero ser y hacer sencillamente lo que más me gusta). Gracias.
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