Abril empieza bajo un ambiente claramente político. Aunque las elecciones generales están previstas para julio de 2027 (o más, noviembre/diciembre, según mis fuentes), el país ya vive un ciclo preelectoral nauseabundo. Los candidatos a nómina del Estado comienzan a insultarse y ocupar espacios en los mentideros públicos. Los partidos activan sus maquinarias, los figurantes ajustan discursos y los medios convierten cada gesto en parte de un ruido constante que marca el ritmo nacional. A todos, y si digo a todos es a todos, desgraciadamente, solo les importa el voto de los votantes y no las necesidades de la ciudadanía. Este activismo temprano no es casual; responde a la alta competitividad de un sistema político acostumbrado a celebrar cada contienda al día siguiente de ganar las elecciones. Según los resultados, todas ganan, y lo celebran como si todos hubieran perdido. Las próximas elecciones serán un punto de inflexión para definir la continuidad de las izquierdas o el comienzo de las derechas. ¡Señor Dios mío, las derechas!. ¿Conseguirán las izquierdas presentar una sola candidatura? ¿Lo conseguirá VOX? Lo veremos en Andalucía. Ustedes no se fíen de las encuestas ni de la vecina; nadie de antemano sabe quién ganará las próximas elecciones. Esto es un sinvivir. Los votantes decidirán si votan a partidos de Estado o a un batiburrillo desordenado de candidatos anónimos y sin programa electoral. (Tómense su tiempo y mediten el voto). Gracias.
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