Hoy sé lo que no sabía: el
lunes acaban las fiestas en mi pueblo. Yo
siempre fui de pueblo, y antes las fiestas duraban un día.
Era la fiesta del pueblo. Santa Rita. Uy,
naturalmente, Santa Rita, a dónde íbamos a parar... comparar, quiero
decir, una Santa con una Virgen. Y eran otros tiempos, en mis tiempos
nos conformábamos con lo que teníamos. ¿Santa Rita? Pues a danzar
al ritmo de la gaita. ¡Viva Santa Rita!. Ahora si no es Virgen no
vale. Una semana con sus días
y todas sus noches para celebrarlo. A cenar con los amigos y amigas, eso sí, de sobaquillo, y
luego la música enlatada. No soy de mucho
comparar, pero donde esté una gaita que se quiten las
latas y su ruido. Lo digo como me sale. Además, la
gaita es cultura Celta y la enlatada una pesadilla infernal.
De otra manera la noche bien. Ayer éramos más. Y más
barullo. Y más gritos. A más gente más de todo. Y yo en medio. Me quedé un poco apartado para que se fueran sentando
unos y otras; lento, iban lento ocupando su silla, hasta que una voz: "y tú
siéntate aquí", justo en medio, ¡vaya bailarina que fueron
a elegir!. Pues yo en medio toda la noche... y acércame la cerveza, y el
vino, y las papas, y las aceitunas. Los amigos y amigas de mi
pueblo son geniales. Y el bocadillo rico pero la música infernal.
Dicen que una muchacha de mirada
valiente quiso ser la reina de las fiestas, pero al final dijo no.
Las razones que motivaron su rechazo nunca llegaron a saberse. Tendría miedo a perder lo que no
tenía o a encontrar lo que pudo ser. Obviando lo esencial, que era
joven y valiente, no trascendió nada más. Ni reina de
las fiestas tenemos en mi pueblo. En cuestión de fiestas... no sabría qué decir.