miércoles, 2 de septiembre de 2015

La exacta mañana de hoy.

De cuando en vez me dejo querer en busca de un ¡ánimo chica, tú sí que vales!. Y nada. ¡Qué triste!. Sin embargo, esta mañana juego a ganador, me dejaré querer por Kristel, ella me quiere y me lo recuerda cada día, ay. Llegará en breve y le dedicaré todo mi tiempo. A pesar que la noche se me hizo eterna de tanto esperarla. También es un deleite esperar que amanezca soñando despierto un sueño hermoso. Luego dedicas la mañana a escribir un ensueño. Soy un soñador sin remedio, incurable, quiero decir. Siempre habrá un algo interesante o que interese para escribir. Así de claro. En fin, esta mañana dedicaré todo mi tiempo a la niña de mis ojos que a otros amores ya les dedico otro tiempo.

Disculpen, no sé si les pasa a ustedes como a mí cuando llega un ser querido a casa, Kristel, por decir, que no borra de la boca su risa feliz. Cuando me abraza y me dice "te quiero". Cuando me habla de las cosas que más le interesan. No sé si les pasa como a mí que se me llena la vida de alegría, de besos y caricias. Es entonces, y no antes, cuando salgo de la irrealidad en la que vivo y no quiero volver, pero vuelo porque Kristel, la niña de mis ojos, no viene para quedarse. (Me siento realmente querido por ustedes que me leen... Muchas gracias). Así de exacta será la mañana de hoy.

Henry Austin Dobson.

La paradoja del tiempo.

El tiempo pasa, dice usted? ¡Ah, no!
Por desgracia, tiempo queda, vamos;
o si no, eran esto no es así:
¿Qué necesidad de la cadena de las horas,
para la Juventud fueron siempre la nuestra?
El tiempo pasa, dices? ¡Ah no!

El nuestro es el engaño de los ojos
de hombres cuyos pies voladores,
el plomo a través de alguna baja paisaje;
pasamos, y pensamos que vemos
superficie fija de la tierra huya:
-Por desgracia, tiempo queda, ¡vamos!.

Una vez en los días de antaño,
sus cerraduras se arrugan oro,
y la mía había avergonzado al cuervo.
Ahora, en la etapa de auto-misma,
hemos llegado a la edad de plata;
el tiempo pasa, dices? ¡Ah no!.

Una vez, cuando mi voz era fuerte,
llené el bosque con la canción
para alabar su "rosa" y "nieve";
mi pájaro, que cantó, está muerto;
¿cuándo se huyeron sus rosas?
Por desgracia, tiempo queda, ¡vamos!

Véase, en lo que atravesado maneras,
¿qué atrasadas retrasos...
las esperanzas que utilizan saber?
¿Dónde están nuestros viejos deseos?
-Ah, donde aquellos desaparecieron incendios?
El tiempo pasa, dices? ¡Ah no!.

¿Hasta dónde, hasta dónde, oh dulce,
el pasado detrás de nuestros pies
se encuentra en la aún resplandor.
Ahora, en el camino a seguir,
vamos a doblamos las manos, y oramos;
por desgracia, tiempo queda, ¡vamos!.

Henry Austin Dobson, poeta, falleció el 2 de septiembre de 1921.

martes, 1 de septiembre de 2015

Consternación.

Ayer pasé por tu casa y tenías la puerta y las ventanas cerradas, incluso las persianas bajadas. Entonces pregunté por ti a tu vecino, el asesino en serie, me dijo que él no pero tú sí, que te habías asesinado por motivos que no se llegaron a conocer. También me dijo que fuiste muy agradecida con tus amistades, te habías despedido de todas. ¡Qué detalle!.

Nunca le mentiría a un muerto, mucho menos profanaría sus cenizas, pero de saber que te querías borrar de la lista de los amaneceres hubiera intentado que cambiaras de parecer. No sé de sufrimientos ajenos, ni propios, a mis señoritas medicas les tengo prohibido que me hablen de mí (consienten porque saben que lo mío con ellas es para siempre). No te hubiera dejado ir (no todos volvemos... Recuerda que le escribo a una muerta que eres tú y no te mentiría. Ni cuando estabas viva te mentí).

Consciente de lo tuyo podías haber pensado en lo de los demás. Hablo de salud. Salpicaste de miserias a quien más te quiso en los peores años de tu vida (los mejores son los que quedan por vivir). Nadie te recordará a no ser tu vecino el asesino en serie, y solo porque tuviste el detalle de despedirte de todas tus amistades... Le enamoró la promoción que hiciste de tu muerte. A partir de ahora las personas que asesine las obligará a escribir, de su puño y letra, una carta de agradecida despedida. Nomás, ojalá encuentres en la muerte lo que no supiste encontrar en la vida.

Somos en extremo insolidarios.

Para septiembre tenía pensado escribí sobre las uvas maduras y no. Me obliga a escribir la triste realidad que vivo. No quiero salir por los cerros de Úbeda, si me encontrara al Sabina la tristeza sería insuperable. No valen paños calientes, mejor me iría en el pueblo de Patricia si cuidara menos mi reputación y más mi conciencia. Pues ni con esas, oiga, no me siento culpable pues creo que protejo a Ian y con él a mi familia. Mi mente absurda vive al límite. Debiera ser más humilde, o humilde, para que lejos de responder a las provocaciones de algunas me centrara en mis contrariedades.

La verdad siempre por bandera: Acabo de llevar a mi esposa a trabajar y estoy perdido entre las obligaciones que dice ahora son de mi incumbencia... Me duele reconocerlo: Rajoy está en lo cierto, la economía va bien y a mi esposa la han contratado en una empresa (se lo crean o no). También me duele que hayan contratado a mi esposa y no a Patricia. Mi esposa quiere trabajar por perderme de vista y Patricia para comer ella y su familia. Mi esposa está feliz y Patricia está que la llevan los demonios. El caso es que mi esposa trabaja para que Patricia viva dignamente. Nadie sabe el cómo ni el por qué. Y no me quejaría si no fuera porque tengo que hacer ciertas tareas domésticas: soy un señor, que diría Julio Iglesias. No es justo. Y como no lo es, o no lo considero, mi mente absurda se fracciona en mil pedazos.

Le puse ganas a esas tareas domésticas, pero los múltiples dificultades que conlleva, el primer día me obliga a tirar la toalla y con ella el delantal. ¡Que trabaje Patricia y no mi esposa. Y las muchas personas que lo necesitan tanto o más que Patricia!. Eso. Mi esposa tiene derecho a trabajar. Sí. A pesar de que cambiaría su suerte por la de Patricia pero no por otra persona. Si Jesús el Cristo pensó que se podía ir porque aquí las cosas estaban más o menos encauzadas no, es obvio. El que coge la suerte no la suelta porque es suya... Nadie atiende a razones de solidaridad y así no podemos salir de la crisis. De viejo, sabía que esto no acabaría bien, que la desigualdad traería consigo otras miserias, y una, de todas la más notable, la envidia. Me asombro de mí mismo, mi talento para anticiparme a los hechos, y la egolatría de mi currículo. Las cosas son como son, la desigualdad incita a sacar lo peor de nosotros mismos a pasear. Somos en extremo insolidarios.

Giuseppe Giacosa.

Me llaman Mimi.

Me llaman Mimi,
pero mi nombre es Lucía.
Mi historia es breve.
Un lienzo o seda
bordado en casa y fuera...
Estoy contento y feliz
y mi pasatiempo
haciendo lirios y rosas.
Me gustan estas cosas
que tienen hechizo suave,
que hablan de amor, de la primavera,
de sueños e ilusiones,
esas cosas llaman la poesía...
¿Me entiendes?
Me llaman Mimi,
No sé por qué.
Solo, me
almuerzo solo.
No siempre voy a misa,
pero el Señor te pido mucho.
Me quedo solo
allí en una habitación blanca
Miro a los tejados y el cielo;
pero cuando llega el deshielo
el primer sol es mío
el primer beso de abril es el mío.
Brota en un frasco de una rosa...
Leaf y el reloj de la hoja!.
Ese perfume suave de una flor.
Pero las flores que hago,
¡Ay!, no tienen olor.
Aparte de decirme que no saben nada.
Soy tu vecino, perturbando ahora a molestar.

Giuseppe Giacosa, poeta, falleció el 1 de septiembre de 1906.