Llegó septiembre y asumo las consecuencias por los inadecuados comportamientos influidos por la pobreza de espíritu (otro terrible descuido de la Magdalena). Mi mente absurda me enreda cuando escribo el día que me gusta vivir, al hacerme creer que una realidad cordial es viable. Justo ahora que ando, como la mayoría de los vencidos atrapados en el arte de lo posible es cuando tengo que atizar la modorra de los torpes de entendederas a través de la literatura para que no sigan el compás de una marcha patriótica sin bandera y otros versos. Es natural y lógica timidez escribir el día como soneto de una verdad, o el poema de un ensayo vertido con esmero y algún adjetivo en una crónica de vida. La gran fortuna de alguien como yo está en creer lo que escribe. Me gustaría haber tenido el talento para conmover a los humildes de corazón, animarlos a entrar en de soslayo, a leerme y volver. También militar la amistad con vocación de seguir, con vivencias propias y ajenas, saludando ausencias, justificando olvidos, aunque solo me ofrecieron vender alabanzas. El amor me esquivó y mi vida se iba yendo por decorados tenebrosos con voces calladas, y el ruido, tanto ruido, y el dolor de cabeza que levanta, y decidí ponerle fin. Pero al elegir el cómo apareció la duda y con ella el mayor problema: La dependencia. Y pensé en mi esposa y decidí repensarlo, y a mi vida le dije: "Si olvidas que un día te rechacé, si vuelves a aceptarme sin promesas, perdóname si puedes". Gracias.