viernes, 2 de octubre de 2026

Nunca fui un caso perdido.

Casi nadie me conoce en persona, siempre fue dona la que llevó el castigo de las relaciones sociales, así que, muerta dona, creo que hoy puede ser un buen día para darme a conocer. Vamos a ello: A nadie le importó quién soy, siquiera dónde están Les Seniaes, algo que agradezco, pues a ese respecto mi intimidad me permite escribir con plena libertad. Soy una persona múltiple que teme implicarse con la gente y mantener relaciones de hermandad. En realidad, yo no soy yo, y sufro como un condenado porque oigo voces a distancia, incluso a través de las paredes. Mi esposa creyó que me estaba yendo y me hizo ver a un psiquiatra, que después de mirarme más o menos, no le dio importancia: me recetó pastillitas de colores y me dijo que cuando las acabara, volviera a por más. Con pastillitas o sin ellas, yo seguía oyendo voces a distancia. Así que, en otro intento por sanarme, mi esposa me llevó a que me viera un cura con manos de santo. El cura atendió las explicaciones de mi esposa y enseguida nos dijo que estaba poseído por el maligno: me exorcizó con agua bendita y arreglado. Pero seguía oyendo voces, incluso con tapones en los oídos. Otro caso perdido, tal vez. Sin trivializar lo dicho, ayer tarde coincidí con un grupo de gente que aseguraban conocerme y decían que me habían visto en una librería de Valencia hacerme un reportaje fotográfica y que el reportero de un periódico de tirada nacional me había hecho una entrevista porque yo era un escritor de mucho talento. Nunca fui un caso perdido. Era un escritor de éxito reconocido. Y reflexionando sobre el suceso, llegué a la conclusión de no tener que visitar a nadie, la que quiera verme que venga a casa. Las voces me dictan el día que me gusta vivir en de soslayo. (Ojalá cuando me excluyan de la lista de los amanecidos no me avergüencen mis chifladuras). Gracias.

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