Esta noche Morfeo me la volvió a jugar, me desveló y, aturullado, bajé la escalera (un día me mataré bajando la escalera, ya no me siento seguro), tomé café y me puse a escribir. Si cuanto menos me hubiera dado un algo de inspiración... Nunca me llevé bien con Morfeo, y las pastillitas de colores no se llevan bien con él, tampoco conmigo. Lamento la gente que no puede vivir sin ellas; una, la dama que no me deja ir, probe. Ya le vale. Joder, dona, esto de no dormir y no saber qué escribir es un desespero; le doy al teclado y no sale nada que merezca la pena. En ocasiones, la vida me empuja por una calle sin salida donde la única alternativa es volver, y volver sería como querer dormir sin hacer las paces con Morfeo. Qué más quisiera yo. Aturullado, en la cabeza tengo historias que podía contar si regresara del desvelo en mi sano juicio, normal, por un decir. Ay, me apena la gente normal. Ahora que vivo sin sentir, prejuzgar no está bien, porque hay riesgo de consolidarla. Lo dejo, por la tarde, después de la siesta, le echaré un vistazo y veré si saco algo en limpio y, si no, otro viernes a la papelera. Gracias.
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