Amparado en de soslayo que siempre me cubre las espaldas, salté de la cama optimista. Con el primer café de la mañana, desdeñando la psicología, imaginé estar a casi nada del solsticio de verano (y sonreí); imaginé a una mujer con el corazón doliente (y sonríe); imaginé el milagro de la floración del azahar en el paraíso donde todo comenzó (y sonreí); imaginé por Dios y por España una patria grande y libre (y sonreí); imaginé a los héroes que dieron su vida por la democracia (y sonreí); imaginé a quien en un descuido entró en de soslayo, volvió, y con el tiempo llegó a quererme (y sonreí). Luego recordé que no concebí una táctica para crecer junto a El Pueblo de Patricia. Una estrategia para integrarme en él. Que me parta un rayo por ser tan ingrato, aunque suene a ranchera mexicana. Si un dios cualquiera me obligara a vivir en un estado de pureza y absoluto silencio. Si alguien pudo salvarme y no quiso, o llegó tarde y solo halló despojos de mí. (Mañana sigo, disculpen).
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