La sala está iluminada... el hablar quedo de la gente... y de pronto se apagan las luces, los pasillos, las butacas, todo queda sumido en la más profunda oscuridad. Una pantalla se ilumina y se viste con el quid de la ficción e inocula mi existencia con lo más parecido a la felicidad que recuerdo. Ya en silencio, sentado en la butaca, nada me impide participar de otra realidad. Durante casi dos horas la película que se proyecta me convierte en una persona diferente, capaz de ilusionarme: me siento eufórico. De vuelta a casa, y en mi habitación, apago la luz, cierro los ojos e intento dormir. Quiero soñar contento, hoy será posible. Pero yo no soy el protagonista de ninguna película, no puedo interpretar una vida que no me pertenece. El ensueño ha desaparecido y mi empecinada realidad se apodera de mí. La realidad de todos mis días. Efectivamente, todo era ficción, mi vida es la que es, sea lo que sea. Y estoy afligido como siempre, y no sé qué hacer como siempre. Y vuelta a empezar, a adentrarme en la tristeza cercana al abismo que limita mi voluntad. ¿De dónde sale este espantoso dolor? ¿Qué me ocurre? Después de contagiarme con la película sentí placer y ahora me encuentro sumido en el agujero más profundo. Y regresa a mí el desánimo y el abandono. Viendo la película llegué a creer que sería otra persona y de nuevo tengo que repetir. Nunca dejaré de ser el de todos los días con todas sus noches de vigilia. Vuelvo a ser el de ayer, el de hoy y el de mañana. Tal vez.
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