lunes, 24 de agosto de 2026

Alcalde, mi queja es esta.

Si no fuera porque el teléfono te lo paga el pueblo, pensaría que el silencio fue consecuencia de la escalera; de tanto subir escaleras tenía que suceder. Me dijiste que te llamara y te contesté que no me fiaba de ti. Corrió el tiempo, te encontré y te hablé de frente, que estaba en condiciones para hablar contigo, aunque sin saber qué me ibas a decir. Cuando encuentre un hueco en la agenda te llamo, me dijiste. Yo te hablé a la cara y tú, cobarde, tararira. Tienes que enfrentarte a los problemas; casi todos tienen solución y, si no, siempre podrás culpar a tus asuntos inaplazables o a cualquier lameculos de los que te rodeas. De haberme llamado, tenía escritas unas palabras de consuelo. Apareces en mis inquietudes, acaparas mis peores momentos. Confiaba en que me llamaras para tomar café y hablar de la familia, de los hijos, el trabajo, el tuyo, el mío ya no; sabes que no doy palo al agua, y en fin. Me cuentan que no son buenos tiempos para ti y lo que has dado en llamar política.

Bah, no tomes en cuenta lo de arriba, igual son cosas mías y estoy equivocado. Olvídalo si quieres o puedes. Por mi parte, elevaré una plegaria al Creador dándole las gracias porque, como conocidos, somos únicos. Ni en sueños. Cuídate mucho y vigila las escaleras; según se acercan las próximas elecciones y tu manera de huir cuando vienen mal dadas, tendrás que huir muchas veces y no será difícil que tropieces y bajes dando voltios y rompas la cabeza, o peor. Cuídate mucho. Gracias.

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