Es un mandato sociológico irrefutable: cuando están en malas, los ricos dan una fiesta y, aunque sea el mes de los Santos Difuntos, sin son gobierno —además del sarao— aprovechan la ocasión para sacar a pasear la bandera nacional que, como se sabe, mientras más se exhibe, menos se respeta. Ahora que un país amigo, EE. UU. ha reaccionado a las locuras de su Nerón anaranjado —quien pudiera haber superado con creces al admirado por Santi para los amigos, "El Irrepetible"—, es buen momento para advertir a nuestras élites sobre nuestras viejas querellas, indignaciones e indignidades. Pasa el tiempo y nada cambia en lo fundamental: educación, sanidad, seguridad, subsidios, orden. Debemos tener cuidado. Que Trump sea un infierno no significa que los demás sean el paraíso. España es un país aplazado en sus urgencias decimonónicas. Aquí lo urgente siempre posterga lo importante. Atrás quedó aquella reflexión de gobernar siempre para las nuevas generaciones y no para las próximas elecciones. Porque somos un país aplazado, a escasos dos meses para las próximas elecciones, la educación, la dependencia, la vivienda, claro, la vivienda, etcétera, y llegar a final de mes, naturalmente, están aplazadas, postergadas... la huelga general no maquillará la realidad. Joan Manuel Serrat cantó: "Se echó al monte la utopía". Gracias.
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